Comunidarte y su iniciativa

Por Willy

 

Yo estudié Artes Visuales en Lima del 2004 al 2008. Siempre he tenido eso de utilizar el arte para la labor social, para cuidar el alma, como un puente para la salud. El punto de partida de Comunidarte fue por 2010 cuando hice unas esculturas para las Saga Falabella de Lima. En esta convocatoria había doce jóvenes shipibo que me han invitado a conocer Cantagallo. La conexión fue rápida porque somos de la selva, somos amazónicos. Al inicio me chocó la situación precaria, me recordaba al distrito de Belén en Iquitos en el cual trabajé haciendo arte con la comunidad.

Decidí que quería usar lo que sé para enseñar y compartir, y de este punto empecé a pensar algo para la comunidad, a ver que se necesitaba. Me quedé a vivir en la comunidad por tres meses, investigué y me hice parte de ellos, un amigo; hoy casi toda la comunidad me conoce y sabe lo que hacemos en el proyecto. Cantagallo necesitaba de este lado cultural para promover, ahí no existía ningún centro de recreación. La cultura shipiba estaba ahí pero no la estaban trasmitiendo a los niños shipibos que viven acá en Lima, y si la difundían era de una manera comercial. Quizás no porque no quisieran, quizás el mismo espacio no permita. La cultura para ellos ahorita tiene un valor económico, no tiene este valor sentimental de identidad. Eso es lo que más me motiva a trabajar con ellos, como amazónico esto es fuerte para mí.

La idea mía era abrir un centro cultural aquí de la comunidad, para difundir la cultura shipiba y amazónica en general, en la capital. Eso era lo que más me motivaba a empezar a trabajar por el arte. Intenté trabajar con la comitiva, con la autoridad, pero no se llegaba a ningún acuerdo concreto. Desde ahí empecé a trabajar con autonomía, con los padres de familia. Al conversar con ellos directamente supe más de sus inquietudes y resultó que sí necesitaban de sus hijos más ocupados, porque ellos estaban todo el día por ahí caminando o en su casa mirando la televisión, en cambio sí están en Comunidarte están aprendiendo.

El problema era que yo solo tenía la idea y las ganas, y faltaban materiales y entonces yo no tenía nada. Y empecé a hacer talleres para adolescentes en una casita, ahí estuvimos dos meses con dos amigos pintores de acá, Ininmetsa y Rawa (Hari Pinedo y Julio Maldonado), pero los jóvenes no tenían mucho interés, no tenían esta gana de expresarse por medio de la pintura. Pero sí los niños iban a mirar lo que estábamos haciendo y participaban, y desde entonces empecé a hacer talleres con los niños. Prestamos unas sillas, unas mesas, y empezamos a hacer los talleres en la calle con diez niños casi, y con materiales que yo tenía en mi casa. Traje temperas, lápiz de colores, una vez traje una puerta que encontré y que por casi un año nos sirvió como mesa para los talleres.

A cada semana los niños aumentaban, eran diez, doce, quince. Al inicio el taller era libre, más técnico; les hacía jugar con los colores, pintar, que se familiarizasen con los colores, con las pinturas. En este primer año de diversión, a la vez han aprendido a ser ordenados, a respetar, a cuidar, a compartir. Porque al inicio venían como que una “hauri”, un alboroto, yo me dividía en diez personas. Cuando eran diez, hasta veinte, se manejaba bien, pero después cuando eran cincuenta, setenta, y yo solo, cuando llegó a ochenta tuve que separar por día, mitad sábado y mitad domingo. Poco a poco me daba cuenta de que necesitábamos de un espacio para trabajar con más dignidad y tranquilidad.

Alquilé dos cuartos en la comunidad, que utilizaba de almacén. En estos cuartos entraban de veinticinco a treinta niños, pero no era muy cómodo. Hablé con una amiga que me financiaba, con su familia, todo un piso con siete cuartitos, y ahí hemos estado por seis meses. Esta amiga, Camila Cantuaria, y su grupo de universidad, nos ayudó a conseguir material hasta 2011, cuando ella viajó a España y ya no nos pudo apoyar. En estos talleres, al ano empezamos a trabajar lo que era identidad shipiba y amazónica, que los niños pintasen lo que recordaban de su comunidad, de lo que hablaban sus papas, frases en shipibo, y así empezamos todo lo que era sobre su cultura. Por esta fecha ya teníamos casi cien niños fijos, y en Cantagallo hay doscientos y seis familias, debiendo haber un aproximado de quinientos y cincuenta niños.

Hoy los niños que asisten fijo son por ciento y sesenta. Siempre ha sido así, un porcentaje del dinero que consigo traigo para acá. Yo vendo mis trabajos y de eso un porcentaje va para Comunidarte, y as veces hay amigos que saben del trabajo que se hace y nos llaman para recoger papel, lápiz de colores. En 2011 volvimos a hacer talleres en la calle pero con más niños; igual he tenido que seguir alquilando un almacén para guardar las cosas. Había un amigo colaborador todos los fines de semana que venía hacer taller, él es fotógrafo, y también un grupo de compañeros que se comprometió por dos años con el proyecto. Cristian Inga por su lado, también nos ayudaba a conseguir más que todo, materiales para os talleres. Después estaban los amigos que venían apoyarnos a conseguir ayuda, como Bruno y Coco en 2012.

En esa época en la calle, venían a los talleres por ciento y veinte niños. Y claro, como habían más niños la preocupación era conseguir más ayuda, más materiales. Y para esta fecha las madres ya estaban involucradas un poco, a los padres de familia les interesaba, y han empezado a confiar en el proyecto. Ellos desconfían porque siempre vienen a hacer proyecto y se van, y ellos han empezado a participar, a barrer las calles, a hacer que los niños participen.

Desde el año pasado empecé a preocuparme en como consigo un espacio a donde podemos trabajar decentemente con los niños, empecé a hacer ferias, a conseguir dinero para comprar un espacio acá en la comunidad, pero no pudo porque se necesita harto dinero. Y lo que hizo es viendo este programa, la Fábrica de Sueños, miraba como ayudaban a las personas que enviaban sus cartas contando sus historias y les envié una carta. Hubo que pasar tres meses y nos atendieran e hicieran realidad el sueño de tener este espacio. Esta ayuda ha venido con la biblioteca, y empezamos a hacer una colecta de libros, y también con clases de reforzamiento escolar. Nos hemos dado cuenta de que hay niños en la secundaria que no saben leer bien, no saben escribir, y como tenemos este espacio y vemos la necesidad de otras cosas, trabajamos esta necesidad de los jóvenes.

Pero el espacio es pequeño y nos limita, y por eso estamos en el punto que nos encontramos ahorita, para mejorar y hacer un mejoramiento escolar cómodo y tranquilo, el arte de la mano con la lectura.  La única forma que uno puede ser libre es estudiando, aprendiendo.

Citando a Paulo Freyre, Willy finaliza su declaración* mencionando inspirar su práctica educativa y social en la pedagogía del oprimido.

* Declaración dada a Lê Larín en Comunidarte, Lima, 02 agosto de 2014.

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